Nos llaman… hacia la Eternidad.

Y hacia ella nos llaman, con el ejercicio de la pulcritud, el testimonio de la claridad y la sincera intención solidaria.

¡Nos llaman!... hacia la Inmortalidad. Y con ella nos aderezan, necesariamente, con la entrega incondicional, con la fidelidad testimonial, con la admiración permanente.

Nos llaman hacia el Amar. Y con ello nos muestran la imagen del Océano de Amor… repleto de vida, de equilibrio, de armonía, de imprevistos…

Nos sugieren un amar sin… retroceso, con cumplimiento de promesas, con reservas para las dificultades.

Con disposición hacia la “aventura”, como el navegante…

Nos llaman hacia el hacer. Y nos piden que sea impecable, entregado y pulcro; con la consistencia de que lo realizado continuará sin trabas, aunque precise su revisión.

¡Nos llaman hacia la excepcionalidad!... Y especialmente ahora, en que se vislumbra la extinción, en que se evidencia el deterioro, en que se repiten las mismas propuestas…

Nos llaman a la excepcionalidad, para una creatividad renovada. Para una aplicación permanente de… detalles.

La excepcionalidad no admite imitaciones. Y está innatamente en cada ser, puesto que cada uno trae un mensaje, un código, un proyecto de hacer.

Y en el momento adecuado aparecerá esa llamada. Saberla distinguir y… no amedrentarse, no desautorizarse, asumir la grandeza de lo excepcional, sin protagonismo especial, sino con la ¡Fe!... y la ¡Esperanza! constante de que el Misterio Creador nos asiste. ¡No quiere para nosotros una vulgar presencia!

La evolución de la especie nos reclama excepcionalidades.

El vivir nos llama… Nos llaman al vivir, con las cántigas de… el humor, el ¡ánimo! y la transparencia; y sentirnos sublimes ignorantes, pero capaces de admirarse, de reconocerse en nuevos caminos…

Nos llaman a vivir “singularmente”… para que seamos admirables y admirados mutuamente, y establezcamos una convivencia de admiración, de respeto, de ¡ilusión!...; de emociones permanentes.

Nos llaman a ayudar… –en ese vivir- ¡ayudar a lo necesitado! A lo que precisamente… o para lo que precisamente estamos diseñados.

Y ahí debemos aportar nuestra presencia, nuestra sapiencia, nuestra sensibilidad, nuestra comprensión.

¡Nos llaman hacia el equilibrio y la armonía!, para que nuestras acciones no dañen colateralmente a nada ni a nadie. Seamos diversos, sí, pero no combatientes.

Nos llaman a creativizar, sí, a poner ese “detalle” a esa actuación diaria: desde el “buenos días” hasta el “buenas noches”. Un transcurrir de vigilia que tenga la sonrisa clara y transparente, la respuesta sin “peros”, el ánimo creciente y la queja ausente.

¡Nos llaman hacia la Fidelidad de lo Revelado!, ¡de lo que nos revelan!; de lo que nos revelan a cada uno, a través de nuestro transcurrir, para que seamos fieles devotos de esa revelación… y cumplamos con los dones que nos han donado.

Y, claro, sí, cuando nos llaman… es normal

Palabra terrible. Sí. Terrible, porque la vida no admite esa palabra: “normal”. ¿Qué es “normal”? Es la terrible palabra que ha inventado el ser humano para cosificar, dominar, controlar, manejar, manipular. Y una vez que ha hecho todo eso, eso que ha conseguido es lo “normal”.

La vida no es un acontecimiento “normal”. Hasta desde nuestra ignorancia en este lugar del Universo, nos damos cuenta de que es un acontecimiento ¡excepcional!, ¡extraordinario! ¿¡Cómo podemos convertirlo en ordinario y vulgar… y “normal”!?

Nos llaman a ser… a ser y estar, con la prudencia y el ¡entusiasmo! de la disposición “disponible”.

Y en esa Eternidad, nos disponemos “¡ad infinitum!”. ¡Sí!; puede sonar a muy rocambolesco o grandioso, ¡pero es que estamos en un Universo grandioso! ¡¡Habitamos en un lugar increíble!! ¡Pero el ser humano está empeñado en controlarlo, dominarlo y poseerlo… y asegurarse su parcela! ¡Y en el Infinito no hay parcelas! ¡En el Infinito no hay casas ni terrenos! ¡Hay disposición para el viaje, para el trance, para el éxtasis!

Para eso nos llama la Oración: para que abandonemos toda “normalidad”… y seamos la excepcionalidad. ¡Y nos demos cuenta de ella, no de cara al entorno, no!; ¡de cara a nosotros mismos en relación con lo Eterno!

Nos llaman hacia la comprensión, la flexibilidad, la condescendencia… Características de la vida que sabe adaptarse sin renuncia; aprender con valentía a ofrecer ¡siempre! –y vale la palabra, por lo infinito que supone- lo mejor. Lo que sentimos que es lo más virtuoso de nuestra estructura, de nuestros dones. Será la sonrisa, será la mirada, será el canto, será la habilidad, será la manualidad, será…

Cualquier punto es… fundamental.

¿Es que acaso no necesitamos de todos ellos…?

¿Es que acaso no precisamos de infinitos detalles para… sentirnos plenos, ¡¡sanos!!? Y no, como habitualmente, achacosos, incómodos, dolidos, preocupados…

Lo “normal”.

¡El ser humano no es una entidad normal! Es una entidad extraordinaria.

Y esto no significa que sea… bondadoso, generoso, vital. No. Pero significa que debe aspirar a ello porque está diseñado para eso.

Darse cuenta de la excepcionalidad que cada uno representa con respecto a otros. No como mejor ni como peor, sino como diferente. ¡Eso es creativo!... ¡Eso es ejercitante!... Eso nos promueve hacia nuevas y diferentes acciones.

Sí. La Llamada Orante nos hace estas consideraciones, porque el ser camina hacia una nueva esclavitud. Una esclavitud de impuestos, leyes, normas, costumbres… ¡horror! Producción, consumo, renta… ¡horror!

La nueva esclavitud: trabajar para pagar…; producir para rendir…

Y lo peor: que el ser lo asuma como “normal”. ¡Que ni siquiera tenga la rebeldía interna! Esa que asume la situación, pero que no la comparte. Esa que se ve esclavo, pero aspira a liberarse.

Y ¡no! La costumbre se hace ley –¡ay, la ley!, ¡la ley!-... Hasta se atreven a llamar “leyes de vida”. ¿Qué ley tiene la vida? ¿Dónde está? ¿Quién la ha escrito? ¿Ese escriba…? ¿Aquel gobernante…? ¿Aquel filósofo, aquel sabio, aquel místico… escribió la ley? Si fue así… es impresentable. La vida no precisa de leyes. Es más, no las tiene. Tiene ritmos, frecuencias, adaptaciones, cambios, evoluciones… Y a poco que veamos, y a poco que se haga, eso se puede observar.

Puedo permanecer una eternidad en un lugar, y ser eternamente cambiante.

Que nada ni nadie acalle mis voces libertarias. Las que se saben comprometer sin miedo. Las que asumen su transcurrir, con esperanza. Esa ritmología de la esperanza que espera, que sigue, que continúa, que anhela, que suspira… en ¡la Fe!, en saberse ¡iluminado! –sí, iluminado-… por el Misterio Creador. Y saberse y descubrirse cuando ¡nos ocultamos!… de esa iluminación –como nos recuerda el Paraíso, cuando toma la fruta prohibida y el ser se oculta-.

Así transcurre la Humanidad, hasta ahora: ocultándose de la iluminación; de la iluminación que le da diariamente el Ama-necer.

Y se oculta bajo el pretexto del miedo. ¡No! ¡El Misterio Creador no infunde miedo! Han sido los suplantadores, los que han creado la figura del “Dios” que nos castiga y nos persigue…

Ese no es el Misterio Creador. Ese es un ídolo de barro… que se deshace con las primeras lluvias.

Advertirse… advertirse continuadamente de que nos iluminan. ¡Es igual que cuando amanece! ¿¡Por qué creen que llega la luz!...?: para iluminarnos.

Pero no solamente para darnos la luz para que podamos ver. No. Para que podamos visualizar algo más que el ver.

Y el ser se esconde aprovechando la habilidad de su inteligencia. Y construye su hacer de hormiguero, de ¡repeticiones!

Y cosechando fracasos en la oscuridad, mientras le siguen iluminando para que no coseche fracasos, sino que acumule –¡sin poseer!- luminarias, luces de habilidades, de imaginaciones, ¡de nuevos poemas que aclaren el sentir!

Y darse cuenta… –¡ay!-… y darse cuenta –y es tan fácil, pero es tan olvidadizo…- y darse cuenta de que, en el “asegurarse”, en el buscar el acomodo, comodidad, ese bienestar y esa normalidad… darse cuenta –e insisto, no es difícil darse cuenta- de que aparecen momentos de desidia, de cansancio, de ¡abatimiento!…

¿Deberían estar? ¿O son productos de un transcurrir equivocado… gris… opaco…?

Nos llaman a orar diariamente para abrazarnos con la luz…; para hacernos luminarias conscientes.

Y la luz es clara. La luz nos aclara. ¡Y claros debemos ser! ¡Aclarados debemos mostrarnos!

Confianza debemos generar… La suficiente, al menos, para una mínima fidelidad.

Sí. Nos llaman a orar para iluminarnos. Nos llaman a orar para que… descubramos lo que está ahí, esperando a que lo veamos. Pero tenemos que tener la actitud y la disposición, el abandono del fundamentalismo…; ese fundamentalismo que estrecha, que cierra, que angustia, que ¡juzga!…

Nos llaman a orar desde los “sinfines”…

Para hacernos sentirnos infinitos.

Para que no decaigamos en nuestras posiciones virtuosas.

Para que seamos representaciones, en realizaciones, de lo Eterno.

Para que sigamos, amparados en las sorpresas que nos presenta la luz de cada día.

¡Ese es nuestro Auxilio!

Y al sentirlo, dejamos de confiar en nuestro intelecto, en nuestra razón, en nuestro capricho, en nuestra querencia… y nos abrimos a las claridades que nos ofrece permanentemente la Creación.

Nuestro auxilio es “el Nombre”. Nuestro Auxilio es ese Misterio Creador.

Cuando lo sustituimos, lo borramos, lo apartamos, y hacemos de nuestro auxilio nuestra razón, nuestra querencia… entramos en la negligencia; entramos en la esclavitud.

Nos llaman a meditar en nuestro hacer de cada día.

Nos llaman a contemplar nuestras acciones y las acciones del entorno.

Nos llaman a descubrir… nuestras auténticas atracciones: esas que son imprevistas; esas que nos pillan de sorpresa; esas que nos iluminan… y nos dan ¡alientos nuevos!

Nos llaman a no temer.

A habilitarnos para sortear las dificultades; las nuevas situaciones.

¡No suplantar esa Llamada, con la llamada de los impuestos, la llamada del trabajo, la llamada del sitio, del lugar!... No.

Escuchar la Llamada.

¡Escuchar!... el clamor con el que nos alumbran cada día… hacia una ¡Bondad Superior!

Sentirnos humildes servidores…

Pero servidores ¡elegidos! Sí. Elegidos por la Creación.

Y por ello, singulares y excepcionales. ¡Y necesarios!... para esgrimir nuevas dimensiones que, hoy por hoy, nos alejen de la esclavitud acrecentada.

Somos vida de liberación; no, vida de libertades: de esas que te dan y te quitan… otros como tú.

Si mi Auxilio es “el Nombre”, mis seguridades no sirven. “No sirven”.

Serán un cúmulo de contrariedades, de preocupaciones. Y no habrá aire para que la luz resplandezca.

Escuchar la llamada de la ¡luz!

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